Charla con Gastón Chiller
Abogado y activista de Derechos Humanos, Gastón Chillier tiene un sólido recorrido en organizaciones enfocadas a las libertades civiles y los DDHH. Es además integrante del Consejo Asesor de la Fundación Teatro Picadero.
– Argentina tiene un desarrollo artístico y cultural muy importante, que incluso moldea su identidad como nación. Arte y cultura van de la mano con procesos de transformación social, en la búsqueda de mejorar la calidad de vida de las personas. En consonancia con esto: ¿Cuáles son las experiencias virtuosas que identificas para replicar, o de las que aprender?
Hoy el arte y la cultura atraviesan una situación muy difícil en Argentina. La principal política pública hacia el sector es el desfinanciamiento, algo que también sucede con la educación, la ciencia o la salud. El gobierno considera a la cultura como un gasto y no como una inversión social, democrática y humana.
Sin embargo, incluso en este contexto, existe una enorme potencia en la sociedad. El teatro independiente, la música, los espacios culturales autogestivos e incluso parte del cine siguen produciendo de manera colectiva, muchas veces desde la precariedad, pero sosteniendo y hasta fortaleciendo la creatividad y la imaginación. Eso sucede con mucha fuerza en las grandes ciudades, aunque es más difícil de sostener en otras regiones del país sin apoyo o financiamiento.
A diferencia de otros ámbitos, como la salud o la educación, la cultura tiene una capacidad muy grande de sostenerse desde la sociedad civil y en articulación con sectores privados comprometidos. Históricamente, Argentina fue un modelo interesante de colaboración entre Estado, sector privado y organizaciones culturales. Hoy eso se ha debilitado mucho.
En América Latina, creo que Colombia ofrece experiencias muy valiosas para observar y aprender. Hay una escena cultural vibrante en el cine, la música, el teatro y las artes comunitarias, donde todavía existe una articulación importante entre políticas públicas, territorios y producción cultural.
-¿Dónde creés que está la posibilidad de pensar nuevos futuros?
Incluso en este contexto de policrisis —social, económica, política y ambiental— creo que el arte y la cultura siguen siendo uno de los lugares más poderosos para imaginar futuros posibles.
El arte tiene la capacidad de abrir horizontes cuando todo parece cerrado. Permite crear narrativas distintas, recuperar sensibilidad y volver a conectar a las personas con ideas de comunidad, dignidad y esperanza.
También creo que esos nuevos futuros no pueden pensarse únicamente desde los centros urbanos o desde miradas tradicionales. En alianza con comunidades indígenas, movimientos sociales y saberes ancestrales, el arte puede ayudarnos a imaginar futuros luminosos, o incluso futuros ancestrales: formas de vida más conectadas con la tierra, con lo colectivo y con otros modos de entender el bienestar.
En tiempos de crisis, el arte no es un lujo: es una herramienta para imaginar el futuro.
-¿Qué creés que puede aportar el arte y la cultura en este contexto?
El arte y la cultura aportan algo fundamental: la posibilidad de crear sentido en medio de la incertidumbre.
En contextos de miedo, fragmentación y violencia social, la cultura ayuda a sostener vínculos, a construir comunidad y a recuperar la empatía. También permite nombrar lo que muchas veces la política o la economía no logran expresar.
Además, el arte tiene una enorme capacidad de anticipación. Muchas veces es desde la cultura donde primero aparecen nuevas sensibilidades, nuevas preguntas y nuevas formas de imaginar el mundo.
Por eso, en un contexto de policrisis, el arte no solo acompaña o resiste: también propone, inspira y abre caminos.
-La cultura es un derecho humano. ¿Creés que la precarización de los trabajadores culturales y la retirada del Estado en las políticas públicas de fomento para el sector deterioran ese derecho? ¿Cómo pensás que se puede proteger?
Claramente sí. Así como la precarización afecta a la salud, la educación o la ciencia, también deteriora profundamente el derecho a la cultura.
Cuando los trabajadores culturales viven en condiciones de inestabilidad permanente y el Estado se retira de las políticas de promoción y acceso, lo que se debilita no es solo un sector económico, sino la posibilidad de que una sociedad pueda expresarse, imaginarse y reconocerse a sí misma.
Proteger ese derecho requiere varias cosas. Por un lado, movilización, organización y solidaridad entre los distintos sectores culturales y sociales. También es importante preservar las instituciones, espacios y políticas existentes para evitar una destrucción total de capacidades que después lleva décadas reconstruir.
Y al mismo tiempo, creo que es necesario pensar nuevos modelos de sostenimiento, donde exista articulación entre Estado, sociedad civil, cooperación internacional y sectores privados comprometidos con la cultura como un bien público y no únicamente como una mercancía.
Bio Gastón Chiller
Abogado (UBA) y activista de Derechos Humanos. Es Director Asociado de la Red Internacional de Organizaciones de Libertades Civiles y Derechos Humanos (INCLO) y miembro del Consejo Asesor del Centro Europeo de Derechos Constitucionales y DDHH. Hasta 2019 fue director ejecutivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), donde promovió el trabajo en ate y activismo. Obtuvo un Master en Derecho Internacional y DDHH en la Universidad de Notre Dame, y tiene varias publicaciones sobre derecho internacional de los DDHH y democracia. Integra el Consejo Asesor de la Fundación Teatro Picadero.

